Solemos confundir los términos discutir y ofender. Incluso el solo hecho de desahogarnos y expresar nuestras emociones o pensamientos en pareja, nos atemoriza. Lo asociamos con “peleas y conflictos” como si las parejas funcionales y felices no tuvieron que adaptarse mutuamente mediante discusiones, discrepancias, desahogos, acuerdos, convenios y tolerancias. La armonía entre parejas exitosas es producto de expresión de ideas, sentimientos y desavenencias, en vez del silencio tóxico, precedido de una premisa enfermiza “mejor me callo para no discutir. No quiero problemas maritales”. Amiga(o) los verdaderos problemas conyugales nacen de las tensiones internas, de las represión de emociones de malestar, de la negación de la realidad, de las complacencias incondicionales que van contra de la propia voluntad, de conducirse contrariamente a los valores y principios, de “decir no” cuando quieres decir “sí”.
Las discusiones no destruyen noviazgos ni matrimonios. En cambio, lo que ocurre dentro de las peleas sí puede destruirlo. Por ejemplo, si liberas tu malestar auténticamente, pero sin descalificar ni ofender o insultar, seguramente te sentirás mejor, tu pareja habrá comprendido el motivo de tu disgusto y podrán convenir acuerdos a partir de ahí. Debemos estar claros que crear nuevos hábitos conductuales, después de viejos hábitos nocivos, puede resultar difícil al principio.
Lo importante es pagar el precio de seguir adelante, como cuando uno siembra semillas y no ve la cosecha sino hasta meses después. Cuando discutan, aprendan a ser específicos, identifiquen exactamente qué comportamientos del otro resultan incómodos para ustedes. No usen adjetivos peyorativos. Por ejemplo, cuestionen el comportamiento, no la persona. Digan “estoy disgustado o molesto porque me lastimaste u ofendiste cuando dijiste... o hiciste...”. Muy distinto a decir “eres un estúpido, idiota, no sirves para nada, etc.). Son estas frases y expresiones las que “dejan huellas” dolorosas casi perennes, que no se olvidan con el tiempo y que se recuerdan cuando uno menos lo espera.
Reglas de oro en tu relación de pareja
° No menospreciar ni herir aunque estés disgustado.
° Referirte a la conducta del otro, no a su persona.
° Desahogarte en el momento del pleito y en privado.
° Centrarte en un solo tema a la vez cuando discutas, en vez de empezar refiriéndote a algo y terminar en otro distinto.
° No involucres a terceros en tu pleito marital.
° Quema la libreta de cuentas pendientes (aquellos reclamos del pasado que repites cada vez que discuten).
° Escucha y ponte en el lugar de tu pareja, en vez de estar a la defensiva preparando tus réplicas para desmentirla.
° Respeta las opiniones distintas aunque estén erradas (tu opinión también merece respeto aunque te equivoques, ¿no?). Por respeto debe entenderse el darle el derecho al otro de discrepar (y errar) sin ser juzgado ni descalificado.
Amargos recuerdos
Después de años de matrimonio o convivencia nadie se acuerda de las discusiones maritales, empero si de las ofensas y agresiones verbales. Ciertamente, hagan un inventario y verán que sólo se acuerdan de aquellas ocasiones en las cuales se maltrataron verbalmente, es decir se lastimaron ofendiéndose o desvalorizándose. Nadie dice “me acuerdo que peleamos 7 veces el año tal”, pero si dicen “recuerdo la vez que me dijiste que yo era una mala madre, o mala amante y que no servia sexualmente”. En otras palabras, no son las discusiones las que hacen daño, sino los términos destructivos usados. Pero acaso ¿no podemos aprender a desahogarnos y discutir sanamente? Es que no podemos controlar la agresión? No controlen sus emociones de dolor y disgusto. Controlen su agresividad. Digan lo que sienten, pero de la misma manera como quisieran que sus parejas lo hicieran con ustedes, es decir sin insultos ni menosprecio. Se aprende. Recuerden que solo quedan grabadas en la mente aquellas “palabras hirientes” y no las restantes.
Pero por favor no me digan que hay que renunciar a discutir, pelear, desahogarse, por el solo hecho de que “se me puede escapar una palabrota o grosería ofensiva”. Si acaso ocurre, me disculpare de inmediato, comprometiéndome a no reincidir. Pero no me abstendré de las discusiones maritales que tanta falta hacen para mi alivio emocional y para que mi pareja comprenda mi malestar.
Recuerden este detalle importantísimo: discutir sanamente es un deber con uno mismo y con la pareja. Ello no crea conflictos. El silencio si es toxico cuando uno guarda malestar, como también es toxico y destructivo el utilizar frases ofensivas y menospreciativas al discutir. De manera que ya no excusas. Para crecer como parejas deben hablar, expresarse aunque hayan desacuerdos. Con el tiempo habrán acuerdos y adaptaciones mutuas. Pero lo que no se olvida nunca son los términos peyorativos y destructivos usados. Pelea limpio. No maltrates verbalmente a tu pareja.
Psic. Joseph Chakkal Abagi / josephchakkal@hotmail.com
ppmt2009.-

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