Juan Carlos Caramés / jcarames@cantv.net
En tantas conversaciones que tengo con mucha gente, hace poco escuché una anécdota que me dejó sorprendido. Era algo así…
“El padre de una niña que pasaba tanto tiempo en su trabajo, que siempre cuando llegaba a casa ella estaba dormida. Quizá hasta aquí no sea tan alarmante, pero luego el final me sorprendió. Un día el padre llegó temprano, y entonces la niña preguntó: “Papá, ¿en qué calle queda tu casa?”...
Sea usted soltero o casado, jubilado o empleado, joven o viejo, las exigencias sobre su tiempo parecen interminables. No hay suficientes horas en un día para pasar con quienes más nos importan o para hacer lo que nos brinda mayor alegría. Siempre parecemos estar buscando un mejor equilibrio, pero también una excusa como para no alcanzarlo.
Es más, a menudo corremos tanto por la vida que no sacamos tiempo para disfrutarla. Estamos tan ocupados preparándonos para el próximo proyecto o contestando las demandas urgentes que no nos detenemos a disfrutar nuestro presente.
Veamos si las siguientes palabras pueden producir una reflexión, un frenado, una desaceleración al ritmo tan acelerado y “vacío”, que muchas veces llevamos…
Alguien me preguntó el otro día: “Si pudiera vivir su vida de nuevo, ¿cambiaría algo?” “No”, respondí, pero luego empecé a pensar... Si pudiera vivir mi vida de nuevo, hubiera hablado menos y escuchado más...
Hubiera invitado amigos a cenar, aun si la cocina estuviera manchada y el sofá descolorido...
Hubiera comido palomitas de maíz en la “buena” sala y me hubiera preocupado menos de la suciedad cuando alguien quería comer en ella... Hubiera dedicado tiempo a escuchar las divagaciones de mi abuelo acerca de la juventud...
Nunca hubiera insistido en que subieran las ventanas del carro en un día de verano porque estaba recién peinada y enlacada... Hubiera quemado el candelabro rosado con forma de rosa antes de que se derritiera en el depósito...
Me hubiera sentado en el césped con mis hijos y no me hubiera preocupado por mancharme de hierba...
Hubiera llorado y reído menos mirando la televisión; y llorando y reído más mientras miraba la vida... Me hubiera acostado cuando estaba enferma en vez de pretender que la tierra se detuviera si yo no estaba de pie y trabajando ese mismo día... En vez de hacer como el avestruz durante los nueve meses de embarazo, hubiera valorado cada instante y hubiera comprendido que la maravilla que crecía dentro de mí era mi única oportunidad en la vida para ayudar a Dios en un milagro... Nunca hubiera dicho, cuando mi hijo me besaba de manera impulsiva: “Más tarde, ahora ve y lávate para la cena”...
Hubiera habido más “te amo”, más “lo siento”; pero sobre todo, ante otra oportunidad de vivir, hubiera aprovechado cada instante, mirarlo y verlo de veras, vivirlo y nunca devolverlo.
Es necesario, de vez, en cuando, bajar la velocidad, detenerse por unos instantes... y después continuar...
Equilibrio no implica que pasemos igual tiempo con la familia, el trabajo, las amistades, etc. Más bien significa que encontremos en nuestra lista de actividades una adecuada proporción o armonía para cada cosa. Con eso en mente, ¿qué grado de equilibrio o buena proporción encuentra en su vida? ¿Está usted sobrecargado en algunas áreas? Veamos si las siguientes recomendaciones lo ayudan a tomar alguna decisión...
Muchos individuos pierden su parte de felicidad, no porque no la hayan encontrado, sino porque no se detuvieron a disfrutarla...
La mayoría de las personas no piensa en minutos. Desperdician todos los minutos. Tampoco piensan en la totalidad de sus vidas. Funcionan con la medida intermedia de horas o días. Por eso empiezan de nuevo cada semana y pasan otro tiempo sin relacionarse con sus objetivos de vida. Andan al azar por la vida, moviéndose sin llegar a ninguna parte.
La mayor parte del tiempo se desperdicia en minutos, no en horas. El individuo promedio estafa suficientes minutos en diez años como para haber obtenido un título universitario.
De vez en cuando es bueno hacer una pausa en nuestra búsqueda de felicidad y simplemente ser felices.
Cada día es una nueva vida. Aprovéchala. Vívala, porque en el hoy ya camina el mañana.
La felicidad no es una estación a la que se llega sino una manera de viajar.
Observe este día porque ayer es sólo un sueño, y mañana es sólo una visión. Pero hoy, bien vivido, hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. Mire bien, por tanto, a este día.
Parèntesis/ppmt2008.-

Los comentarios están cerrados