Psicología
Psic. Joseph Chakkal Abajian / josephchakkal@hotmail.com
Que ingenuos, prepotentes somos. Nos etiquetamos de orgullosos, de soberbios, mujeriegos, irresponsables, perezosos, poco expresivos, adictos al trabajo, fuerte de carácter, poco apasionados, etc. y durante años exhibimos -precisamente- esas mismas conductas programadas, en vez de deslastrarnos de esquemas incapacitantes del pasado. Lo paradójico es que no somos nada de eso, pero actuamos como tales. Es decir, “somos lo que pensamos”. Tal convicción hace que “tu apodo favorezca tu conducta”. Así funciona. Lo que tú crees determina tu proceder. Influyen más tus creencias, que tus capacidades. Si crees que puedes, y aplicas una estrategia inteligente en forma constante, lograrás tus objetivos!.. Pero, si crees que no puedes, ese será precisamente el resultado (no podrás), aunque lo reintentes. La convicción “mueve montañas”. Es decisiva. A veces, la creencia es tan (o más) importante que la misma realidad. Lo que hoy es un sueño en la mente de alguien, mañana será una realidad a la vista de todos. Gracias precisamente a que “alguien creyó en un sueño por el cual luchó”, mientras la mayoría le ridiculizaba. Así comienza la mayoría de las grandes obras.
El problema surge cuando los pensamientos y membretes son negativos, en vez de positivos. Cuando reciclamos membretes peyorativos o limitadores en nuestra mente. Cuando tenemos una autoimagen negativa, nos convertimos en nuestros enemigos, al descalificarnos, nuestra mente no diferencia la fantasía de la realidad. Podemos hipnotizar a un sujeto haciéndole creer que “está en medio del Polo Norte” y en cuestión de segundos o pocos minutos temblará de frío, aun cuando permanece en una oficina a temperatura ambiente. ¿Por qué si la realidad es distinta, el sujeto reacciona de esa manera? ¿Es inapropiada su conducta o está respondiendo a sus pensamientos? ¿Por qué no influye más la temperatura ambiente, si esa es la realidad? ¿Por qué tiembla de frío, cuando no hay frío? ¿Qué sucede? ¿Por qué el cuerpo reacciona ante los pensamientos, más que a la realidad?
Si usted se considera poco expresivo, triste, poco afectuoso, eso será lo único que exhibirá. Y no porque no pueda hacerlo diferente, sino porque está convencido de esa fatalidad y de que nada se puede hacer al respecto. Es falso. Sí puede modificarse su actitud... si usted quiere. Pero tiene que concebir tal posibilidad en su mente, primero. Luego vendrán los cambios conductuales. “Dime cómo te ves a ti mismo, y te diré cómo te comportas”. Las etiquetas negativas sólo perpetúan más de lo mismo. Como una profecía que se cumple, una vez anunciada. Pero, vean esta contradicción, maridos o esposas que no dialogan en casa, son perfectos comunicadores en el trabajo. Su oratoria es impecable en el medio laboral, y pobre en el hogar. Intercambian ideas con sus amistades, pero “se desinflan” ante sus seres queridos. ¿Cómo es eso? ¿Puede catalogarse de “impotencia” aquella dificultad sexual que sólo ocurre con la esposa, y no con la amante? ¿Cuando mostramos un desempeño distinto, según la ocasión, podemos calificarnos con un mismo distintivo? Si así fuese, nos comportaríamos igual en todas las circunstancias. Pero, de hecho, generalmente la realidad es otra. Alguien poco comunicativo, sencillamente lo sería con todas las personas, y no con algunas, nada más. Lo paradójico es compartir abiertamente con mis compañeros de trabajo... y “silenciarme” en casa, con mis seres queridos. ¿Qué implica esto? ¿Dificultad de comunicación o silenciamiento selectivo?
Hay que despojarse de esos mitos. Nada de apodos. Nada de adjudicarnos membretes negativos, porque impiden la evolución, el crecimiento y la adaptación. No digas ni te justifiques repetidamente diciendo “yo soy así, soy orgulloso, fuerte de carácter, callado, etc.”.
Primero, porque eso es falso. No hay nada genético en ti, que así lo ratifique. Has aprendido esas conductas, no te pertenecen biológicamente, ni las has heredado. Las copiaste de algún ser querido, como también has copiado algunos puntos de vista.
Somos seres vivos en constante aprendizaje, repetimos o modificamos nuestro proceder, dependiendo de nuestras necesidades. Aunque no siempre nos favorecemos a nosotros mismos. A veces nos perjudicamos con esos términos peyorativos.
Sin etiquetas
Hazte un gran favor, decreta dentro de ti que jamás etiquetarás a nadie, ni menos a ti. Al principio cuesta la modificación de hábitos y programaciones mentales, pero una vez iniciado el nuevo comportamiento, se convertirá en nuevo hábito, al poco tiempo. Nada de juicios negativos contra ti. Deshecha esos términos. Te sentirás mejor, y comprobarás que el daño emocional tenía su asiento en tu propia mente. Por lo tanto, la fuente de bienestar también reside ahí, en la nueva programación mental. Haz una lista escrita de tus cualidades. Pórtala en tu bolsillo, revísala a diario, al menos durante 20 días consecutivos. Observa los cambios en tu actitud y proceder. Nada ha sido al azar. Tiene su explicación. Utiliza estos recursos a tu favor. Puedes cambiar, no te encasilles.
ppmt2007.-

Los comentarios están cerrados